Walls' Latin-American Mission

Training Pastors in the Context of the Church in Latin America.

El Llamado a Hacer Discípulos: Parte 2

En la primera publicación, empezamos una consideración del llamado a hacer discípulos que Cristo da a la iglesia en Mateo 28. Hasta el momento, hemos visto (1) el Fundamento y (2) el Prerrequisito de este llamado a hacer discípulos. En esta publicación, continuamos con (3) la Esencia, (4) el Alcance y (5) finalmente la Promesa de este llamado.

La Esencia de Este Llamado

En tercer lugar, vemos el llamado mismo: “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mat 28:19–20a). El llamado es esencialmente “haced discípulos”. Esta es la única palabra que es un imperativo propio, las otras palabras son participios que describen cómo cumplimos el mandato principal. 

La palabra “hacer discípulos” no se usa mucho en las Escrituras. Se usa una vez para referirse a alguien que se había hecho seguidores de Cristo (Mat 27:57). Además, fue parte de lo que Pablo hacía en su ministerio: “Y después de anunciarel evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía” (Hch 14:21). En este texto, vemos que Pablo hacía dos cosas: el evangelismo y el discipulado. En nuestro estudio, también estamos distinguiendo estos dos deberes. El evangelismo es previo al discipulado. En el evangelismo, proclamamos el evangelio con el fin de llevar a la conversión del alma del pecado a creer en Cristo. El discipulado viene después de esto para entrenar a esos nuevos convertidos en su nuevo camino como seguidor de Cristo.

El evangelismo es el proceso de embarazo y parto de un nuevo cristiano, mientras el discipulado es el proceso de crianza llevando a ese bebé a la madurez. El evangelio es central para el discipulado, pero ocupa un rol distinto. En el evangelismo, predicamos el evangelio para reconciliar a pecadores con Dios. En el discipulado, proclamamos el evangelio para ayudar a los cristianos a madurar en su conocimiento de Cristo y su nueva identidad en Él, andar de manera digna de este evangelio glorioso, y ser capaces para compartir a Cristo con otros. 

Volviendo a Mateo 28, vemos que Cristo también identifica dos partes principales de esta labor de hacer discípulos. Primero, dice, “bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El bautismo está íntimamente conectado con el evangelismo y es realmente entre los primeros pasos de un nuevo cristiano. Por su bautismo, públicamente confiesa su fe e identidad con el Dios trino—Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto implica el proceso de evangelismo, pero enfatiza la parte final del evangelismo. Después de haberles predicado el evangelio y después de que lo hayan creído, para hacer discípulos debemos verlos bautizados. Esto es su primera confesión pública de fe en Cristo y es también su compromiso formal de andar en la novedad de vida que Cristo logró para Su pueblo en la resurrección (cf. Rom 6:4; 1 Ped 3:21). 

En segundo lugar, vemos lo que normalmente pensamos como el discipulado: “enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Al principio en el evangelismo, nuestro enfoque está en predicar la obra de Cristo. Anunciamos su obra a favor de los pecadores para que sean salvos. Uno puede salvarse solo sabiendo lo que Cristo hizo por ellos y creyendo en Él y arrepintiéndose de sus pecados. Sin embargo, para ser discípulo de Cristo y madurar en esta fe, uno necesita conocer y guardar todas las cosas que Cristo ha mandado. Esto implica la participación de cristianos maduros en cultivar más entendimiento y obediencia en la vida de los recién convertidos. Enseñamos lo que Cristo enseñó y mandó para formar su mente y cómo deben ver el mundo. Pero, también cultivamos obediencia para que guarden estas cosas. No nos contentamos con meramente cultivar un conocimiento de estas cosas, sino entendemos que un verdadero discípulo las guarda. Cristo y sus apóstoles enseñaron y mandaron muchas cosas que no solamente aplican a cómo ser salvo, sino también nos enseñan cómo vivir en este mundo, cómo luchar contra el pecado, cómo entender nuestra identidad cristiana, cuál es nuestra herencia gloriosa, cómo tratar a otros, cómo usar nuestros dones, y cómo cumplir nuestras responsabilidades en todas las esferas de la vida. Para madurar, un recién convertido necesita crecer en todas estas cosas. 

Un discípulo se define por dos cosas: sigue a Cristo e imita a Cristo. Cristo frecuentemente llama las personas a seguirlo: Matt. 10:38, 12:30, 16:24–28; Mark 8:34; Luke 9:23, 57–62; John 10:27, 12:25–26. Y, en varios lugares los llama a imitarlo: Jn 13:34; Mat 4:19; Fil 2:5; Jn 13:14; 1 Ped 2:21; 1 Jn 2:3–6. Lc 6:40. Debemos seguir a Cristo, creyendo en Él como salvador, confesándolo como Señor, negándonos a nosotros mismos, perdiendo nuestra vida, y dando lo que tenemos para bendecir a otros. Debemos imitarlo en el amor que nos mostró, la humildad y servicio que modeló, la obediencia que ofreció al Padre, y la paciencia en sufrimiento que exhibió. 

Si esto es la esencia de ser un discípulo, ¿qué es entonces el discipulado? Pues, el discipulado es seguir e imitar a Cristo contagiosamente. Es seguirlo e imitarlo con tanto fervor y amor por Él que queremos ver a otros seguirlo e imitarlo también. El discipulado fluye del amor por Cristo y el amor por los hombres. Amamos a Cristo y por esto queremos que todos vean a Cristo en nosotros y que Cristo se vea en la vida de todos los demás. Amamos a otros y buscamos hacerles el mayor bien posible de guiarlos en seguir a Cristo. El mejor amor al prójimo es el que cultiva la imitación de Cristo en su vida. 

Implicaciones Prácticas

Consideremos algunos detalles prácticos de esto.

  • Primero, esto requiere un proceso. La conversión es una vez para siempre, pero la vida cristiana como discípulo del Gran Rey es para todo el resto de la vida. El crecer en verdad y en santidad es un proceso por el cual el Espíritu lleva a cada hijo de Dios usando como sus instrumentos a otros que ya siguen a Cristo. Por esto, debemos ser pacientes y diligentes en esto. Debemos ser pacientes para soportar con las debilidades de cada discípulo y no rendirnos rápidamente. Es un proceso. Y, somos diligentes porque sabemos que este mundo es adverso al cristiano y queremos ayudar al nuevo cristiano a superar las luchas del mundo y seguir más a Cristo. 
  • Segundo, esto requiere compromiso e intencionalidad. El hacer un discípulo no sucede por accidente ni de noche a la mañana. El enseñar todo lo que Cristo mandó requiere un compromiso a un régimen de enseñanza que llevamos intencionalmente. Pero, el guardar todo lo que Cristo mandó requiere aún más paciencia y diligencia. Por esto, debemos ver hermanos maduros que se comprometen generalmente a la labor de hacer discípulos e individualmente deben comprometerse con algunos hermanos menores que Dios ha puesto en sus vidas. Deben buscar intencionadamente cultivar una comunión con ellos en el cual pueden enseñarles por palabra y ejemplo cómo seguir a Cristo en este mundo. 
  • Tercero, el hacer discípulos se trata de relaciones entre cristianos. Un autor dice, “La formación de discípulos es, pues, la Palabra de Dios formando a hombres y mujeres en relaciones de vida a vida”.[1] Requiere que el cristiano maduro pase tiempo con otros hermanos menores. Requiere que los invite a su casa, que salgan juntos, que se congreguen juntos para adorar y exhortarse mutuamente. Requiere un entrelazamiento de vidas en la iglesia. Esto requiere intencionalidad y amor. Tenemos que cultivar estas relaciones y tenemos que amar a otros de tal manera que consideramos de mayor importancia las cosas de otros que nuestros propios asuntos. Si somos tan absortos en nuestros propios asuntos, va a haber pocas oportunidades para estas relaciones. Sin embargo, como Cristo se dio a sí mismo, el discípulo mayor busca dar de sí, su tiempo, su esfuerzo, su conocimiento, su vida, e incluso su dinero a veces, para bendecir a su hermano menor. Volviendo a la ilustración inicial, es como un padre quien se da y se sacrifica para el bien de sus hijos. 

El Alcance de Este Llamado

En cuarto lugar, podemos considerar el alcance de este llamado. Cristo dice, “haced discípulos de todas las naciones”. El llamado extiende hasta el mismo alcance del reino de Cristo. Cristo tiene autoridad sobre toda la tierra, y por esto somos llamados a hacer discípulos suyos en todas las naciones. Cristo llama a sus discípulos de todas las naciones, de los dos géneros, y de todas las clases de los hombres. No debemos rehusar darle el evangelio a nadie porque Cristo tiene a Su pueblo entre todas las naciones. 

Ciertamente esto es un llamado muy abrumador. Y, damos gracias a Dios que no estamos solos en esta labor, sino nos unimos con toda la iglesia de Cristo a lo largo de la historia y el mundo actual en esta comisión.

Pero, hagamos esto más práctico, ¿por dónde debo empezar? Quizás nunca vamos a alcanzar a alguien de todas las naciones, pero por lo menos podemos buscar alcanzar a aquellos que están en nuestro entorno—nuestros niños, amigos y personas en nuestra iglesia local. 

Nuestra responsabilidad sigue lo que se llama el principio de la subsidiaridad. Es decir, hay varias esferas de responsabilidad. Las esferas más cercanas requieren mayor responsabilidad, mientras las esferas más lejanas involucran menos, aunque no las descuidamos por completo. Por ejemplo, es algo parecido a los apóstoles que empezaron por Jerusalén, después se extendieron a la región de Judea, después a Samaria, y después a los confines de la tierra (Hch 1:8; cf. Lc 24:47). Nuestra responsabilidad sigue un patrón parecido, empezamos por nuestra propia casa, nuestras propias áreas de mayor influencia, después al resto de nuestra ciudad, nuestro país y el mundo. Empecemos por hacer discípulos en nuestra propia casa, en nuestra propia iglesia, en nuestra propia familia, en nuestro trabajo, en nuestra ciudad, y de allí consideremos cómo llevar este mismo mensaje a las otras partes de nuestra nación o a otras naciones. 

La Promesa que Acompaña Este Llamado

Finalmente, Cristo termina su llamado con una promesa: “he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat 28:20b). La vida de los discípulos en este mundo está llena de peligros. Hay peligros desde el mundo en forma de falsa enseñanza, tentación y persecución. Hay peligros en nuestro propio pecado remanente que nos busca adormecer en nuestra vida espiritual y nuestra vida de hacer discípulos. Y, hay peligros en el pecado de aquellos que queremos discipular. Vamos a encontrar relaciones de discipulado que son excelentes, producen mucho fruto y son llenas de gozo, pero otras van a llevar a desánimo, frustración y tristeza. El estar en la vida de alguien más requiere estar con él tanto en las cosas buenas y las victorias como en los fracasos y aflicciones. 

Sin embargo, tenemos la promesa: Cristo está con nosotros. No nos va a abandonar (Heb 13:5–6). Sigue con nosotros en medio de todos estos peligros. Sabe vendar las heridas que recibimos, guardarnos de los ataques, y preservarnos de las tentaciones. Va a guardar a cada uno de los suyos porque no hay nada que puede arrebatar a sus ovejas de sus manos ni separarlas de su amor. Por esto, podemos más libremente dar de nosotros mismos, sacrificar, perder nuestra vida, porque sabemos que Cristo estará con nosotros en todas las cosas hasta el final. 

Está con nosotros en el proceso de hacer discípulos para fortalecernos en todo momento y consolarnos en los momentos difíciles. Pero, también está con nuestros discípulos. Si son realmente suyos, tampoco va a abandonar la obra que ha empezado en ellos. Aunque vamos a ver su vida como la montaña rusa que frecuentemente es la vida cristiana con momentos de grande bendición y muchas victorias y otros momentos de fracaso y tristeza, Cristo sigue fiel a sus hijos hasta el final. 

¿Cómo te da ánimo pensar que Cristo está contigo? Quizás te sientes incapaz, Cristo está contigo. Quizás lo has intentado, y la persona volvió al mundo, Cristo está contigo. Quizás lo has hecho, pero otros se han burlado de ti por ser discípulo de Cristo, Cristo está contigo. Quizás lo has hecho y has sufrido grandemente por las aflicciones de esta alma que has llegado a amar como hija, Cristo está contigo. Quizás lo quieres hacer, pero la dificultad de la vida cristiana y de la labor de enseñar todo lo que Cristo mandó te abruma, pues Cristo está contigo. Hay muchas razones para ser desanimados en esta labor, pero la realidad de que Cristo está con nosotros es suficiente para que superemos todos estos desánimos y sigamos firmes en obediencia a Su llamado. 

Conclusión

Habiendo visto la gloria y privilegio de este llamado a hacer discípulos, ¿estás listo para hacer discípulos? Quiero que empieces a pensar en cómo este llamado se pueda realizar en tu vida. Empieza a buscar a los hermanos menores que Dios ha puesto en tu vida en quienes puedes invertir para su crecimiento. Quiero que pienses más de la realidad de la exaltación de Cristo y Su promesa de estar con nosotros como un ánimo en esta labor. Espero que esto te prepare para seguir estudiando este tema para saber cómo hacerlo y ponerlo por práctica en tu propia iglesia. 



[1] Godwin Sathianathan, “Grow a Disciple-Making Culture in Your Church”. TGC Blog. (February 25, 2013). Accessed online January 14, 2025. https://www.thegospelcoalition.org/article/how-to-grow-a-disciple-making-culture-in-your-church/.

One response to “El Llamado a Hacer Discípulos: Parte 2”

  1. […] veremos (1) el Fundamento y (2) el Prerrequisito de este llamado a hacer discípulos.  En la segunda publicación, veremos (3) la Esencia, (4) el Alcance y (5) finalmente la Promesa de este […]

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